Fortalecer lo bueno aunque sea poco …cada día un poquito más…

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  Las condiciones del taller previsto para madres y padres de familia fueron dificultosas. Junto con las profesoras de la primaria de la Unidad Educativa Villa Victoria se planificó sensibilizar a 50 madres y padres de familia para prevenir el comportamiento llamativo como el cutting (adolescentes cortándose el brazo) o agresiones físicas directas en el aula.

¡Una misión difícil! ¿Una misión imposible? Las condiciones que se dieron en el lugar fueron aún más difíciles que previstas, se requirió flexibilidad e improvisación: en vez de 50 adultos se llenó el ambiente del colegio con más de 120 personas. Así que fue imposible trabajar dentro de un ambiente cerrado, sin oxígeno para respirar ni espacio para mirarse entre los participantes. Mientras se decidió trabajar en el multifuncional y la multitud se trasladaba, se instaló una pequeña amplificación en el nuevo espacio, pero el eco encontrado dentro del techado de calamina fue tan enorme que fue imposible realizar un taller de esa magnitud. Nuevamente la comunidad de padres y madres de familia se trasladó, ésta vez al patio. Más bien el cielo tuvo compasión y un sol suave acompañó la multitud. La dinámica de trabajo preparada permitió involucrar la mayoría de las personas, sobre todo las que vinieron motivadas a compartir sus conocimientos y aprender nuevos aspectos respecto a la comunicación familiar.

Se formaron grupos de a 10 personas quienes compartieron una de las tres frases motivadoras que fueron preparadas por el CEBIAE y las profesoras. La primera tarea fue reflexionar sobre un aspecto específico de la propia niñez cuando las ahora mamás y los ahora papás fueron estudiantes de primaria:

“Mi mamá, mi papá me apoyaron en hacer mis tareas con paciencia”

“Mi mamá, mi papá me preguntaron y escucharon lo que me pasó en el colegio”

“Mi mamá, mi papá me hablaron con calma y me explicaron valores importantes”

Al formar los grupos, tímidamente iniciaron a conversar sobe sus vivencias. Una madre expresó: “¡Ay no!, puedo llorar. A mí no me tomaron importancia.” Otra madre compartió: “A mí nunca me preguntaron sobre el colegio, solo me daban lápiz y hojas…” Si estamos conscientes sobre cómo nos sentimos cuando éramos niños y niñas, es más fácil sentir lo que nuestros hijos e hijas viven hoy en día. La siguiente reflexión deliberó sueños y ánimos para mirar hacia el futuro, el cual somos capaces de moldear ahora:

– ¿Cómo me hubiera gustado que mi mamá y mi papá me hubieran tratado?

Al presentar cada grupo sus reflexiones hubo aportes muy valiosos de querer ser más atenta, más atento una mismo y atender con paciencia e interés a los hijos y a las hijas. Aunque no faltaba quien reclamaba: “Dejemos de pegar a nuestros hijos, ¡ya sabemos quiénes son! Sabemos quiénes pega a sus peques.” Es fácil culpar a los demás, criticar y decir lo que NO se debe hacer en la educación de los otros. Pero, yo ¿qué hago cuando se me acaba la paciencia? Cuando exclamamos: “¡Ya te lo dije mil veces! ¿Hasta cuándo no aprendes?” Un aporte importante fue: Respirar, respirar profundamente, salir de la situación conflictiva y luego fortalecer el buen relacionamiento y la confianza con nuestras hijas, nuestros hijos. Darse cuenta, que nuestras renegadas no son suficientes para una buena educación y admitir que algunas de nuestras actitudes no son suficientes para un crecimiento sano y saludable de nuestros hijos. Luego, buscar un espacio confidencial, positivo junto con el hijo. Escuchar lo que son sus juegos favoritos, sus alegrías y su mundo fantástico. En un entorno relajado es más fácil hacer referencia a una situación crítica que se ha vivido, a un comportamiento que no fue bueno y explicar con calma las razones por qué pensamos así, qué es lo que no nos gustó. Mil veces y una vez más. Cuando practicamos esta reflexión día y día y explicamos a nuestros hijos e hijas nuestras expectativas de comportamiento antes de situaciones tan simples como almorzar juntos, ir a visitar a un familiar, ir a comprar a la tienda, qué es lo que espero de mi hijo e hija, entonces le abrimos nuevas oportunidades de comportamiento. El niño y la niña pueden experimentar nuevos comportamientos, cuales poco a poco se vuelven actitudes y así fortalecemos el crecimiento de una persona íntegra y sana.

Además es importante medir el tiempo que tenemos cuando preguntamos a nuestra hija: ¿Cómo te fue en el colegio?, sentarnos con ella y escuchar atentamente lo que nos cuenta. Atender a nuestro hijo de cinco años quién nos cuenta preocupado y tristemente de un conflicto con sus amiguitos cuando se perdió su lápiz. Es su entorno actual. Son situaciones conflictivas que debe aprender a solucionar, necesita el apoyo valioso de su madre, de su padre para encontrar soluciones positivas para recuperar su lápiz. Así puede crecer la confianza entre padre y madre junto con el hijo y la hija lo que permite prevenir que las y los adolescentes se desvíen con su soledad, con amistades dudosas, se vuelvan rebeldes o se corten los brazos por pena profunda.

Interactuaremos conscientemente, valoraremos los momentos importantes del encuentro familiar y pondremos interés en nuestras relaciones familiares, con paciencia y cariño. Es un trabajo de largo aliento, dura toda una vida. En un solo taller con madres y padres de familia – una misión imposible. Hay colegios en nuestro entorno que incluyen el tema de la convivencia como un tema transversal, buscan establecer mecanismos de resolución de conflictos de forma pacífica y duradera, elaboran reglamentos de convivencia junto con los y las estudiantes incluyendo madres y padres de familia. De esa forma y a largo plazo, sí, es posible prevenir (auto-) agresiones desde las comunidad educativas. En estas estrategias y con herramientas concretas apoya el CEBIAE: en la educación para la paz.

Por Eva Pevec

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